Causa/efecto

Hay cosas que me exasperan, como tener que repetir las cosas, por ejemplo, o que me pregunten diez veces lo mismo cuando ya he contestado la primera e incluso la segunda vez.

Tampoco me agrada que, una vez dadas unas pautas concretas y muy especificadas, llegando a preguntar si lo han comprendido, finalmente “olviden” las órdenes o bien se tomen la libertad de interpretar y hacer lo que les da la gana.

Es cierto que alguna vez doy instrucciones muy generalizadas confiando en la capacidad de comprensión del esclavo o incluso en su conocimiento sobre mi y sobre cómo me gustan las cosas. Suelo dar órdenes claras y precisas para evitar malentendidos, pero no siempre es posible hacerlo de ese modo, puesto que también me gusta dejar un margen a la creatividad e imaginación del siervo (esto también depara agradables sorpresas de vez en cuando).

Sin embargo, si observo una falta de atención continuada, empiezo a sentirme molesta y puedo asegurar que retrocesos de este tipo terminan en funestas consecuencias.

No disfruto recurriendo al castigo, puesto que el castigo es consecuencia de una acción (u omisión) que el esclavo ha hecho mal o que me ha molestado especialmente. Y no hay atenuantes cuando decido castigar.

Prefiero sentirme orgullosa de mis perros, evidentemente, pero para llegar a ello es preciso recorrer el camino de premios, castigos y correctivos, que no siempre es fácil.

Pero todo va sobre ruedas cuando prestan atención, cuando no cuestionan mis decisiones y cuando me complacen 🙂

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