Consensuar un blackmail

No sé si es que no me expreso claramente o que algunos son muy cortitos. Bueno, en realidad sí lo sé 🙂

A todos los que no saben interpretar lo que leen, les aclaro que no, no someto a blackmail a todos mis esclavos. Si hubiérais leído con atención, veríais que digo que hace un par de meses que no tengo ningún chucho en esos términos.

Es una práctica reservada a unos pocos y, al igual que cualquier otra, no me apetece hacerla con todos. De hecho ninguno de los esclavos que ya poseo me inspira un blackmail, del mismo modo que tampoco feminizo a todas mis propiedades ni deseo más siervos 24/7 que la perra que ocupa ese lugar.

Cada perrillo me aporta cosas diferentes a los demás, por eso me gusta disfrutar de una cuadra y hacer todo lo que me apetece con cada uno. Pero eso no significa que sea una coleccionista, en absoluto, prefiero calidad a cantidad. Siempre.

Para llegar a un blackmail hay que estar preparado para ello, tener el fetiche de estar completamente controlado y saber que cualquier paso en falso supondrá un riesgo que tendrá que valorar si desea correr.

Exijo la firma de un contrato que detalla todos mis privilegios sobre el esclavo, el tipo de penalizaciones que le podrían ser aplicadas en caso de incumplimiento y, por supuesto, una fecha de fin de contrato en la que el esclavo lo puede renovar o bien dar por terminado el acuerdo.

Como veis, existe un consenso previo completo en el que se pacta absolutamente todo. Lógicamente, si sus preferencias no me complacen, no habrá acuerdo. Y viceversa, pues su entrega jamás será forzada, decide someterse por voluntad propia.

Me precio de hablar abiertamente de todas estas cosas aunque, lógicamente, me guardo los aspectos más personales y privados 😉

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